Tales of the Taira Clan (1955)

Tales of the Taira Clan

La edad del samurái
Dirigida por Kenji Mizoguchi

Ya se conozca por Legend of the Taira Clan, Shin Heike Monogatari, El Héroe Sacrílego, o por el título que encabeza la reseña, estamos ante una de las películas más famosas de las ambientadas en el Periodo Heian. La dirige además Kenji Mizoguchi, y la protagoniza un Raizo Ichikawa que comenzaba su carrera cinematográfica. Se basa en la novela clásica de Eiji Yoshikawa, y es la segunda cinta más antigua a color que hay en mi filmoteca japonesa, sólo por detrás de Gate of Hell.

Sinopsis: Taira no Tadamori regresa victorioso de su última campaña militar en nombre del Emperador Go-Toba. A su llegada a la capital es recibido con indiferencia por parte de los nobles de la Corte, y además se ve obligado a bajar la cabeza ante los monjes del Monte Hiei. Viviendo casi en la pobreza, su hijo Taira no Kiyomori aguarda paciente la hora de poner a los samurái en el sitio que les corresponde.

Tales of the Taira Clan se sitúa cronológicamente antes de Gate of Hell y Warrior’s Flute. Algunos de los eventos que narra se recogen en el primer capítulo del Heike Monogatari, y marcan la transición entre el Japón Imperial y el Japón de los samurái. Sería fácil concretar diciendo que nos encontramos en el año 1153 (muerte de Tadamori), pero está claro que Mizoguchi resume mucho en lo que parecen ser apenas unos meses, y no refleja el paso real del tiempo. Las rebeliones de 1156 y 1159 culminarían el ascenso del clan Taira.

Tales of the Taira Clan

Los escenarios, los cientos de extras, la banda sonora, y el vestuario, son ejemplos más que evidentes de que el director contó con los medios adecuados para rodar esta obra. Precisamente es la última categoría que menciono la que más he disfrutado a nivel personal, puesto que asistimos a un pedacito de la historia de la evolución de la armadura samurái. El desfile inicial muestra la convivencia de la impresionante o-yoroi (Tadamori) y la práctica do-maru (Kiyomori), que habría de mantenerse durante más de 500 años hasta que el periodo Sengoku seleccionó la segunda. Más curioso aún es el híbrido que viste Kiyomori durante el clímax, añadiendo una tsurubashiri (tela de cuero ornamentada) a su coraza.

La tensión del argumento la mantiene el triángulo que conforman la Corte Imperial, la secta Tendai del Monte Hiei, y los guerreros del clan Taira. Desde el año 970 los monasterios reclutaban hombres para defender sus posesiones, y lo que presenciamos aquí es una excelente muestra de la presión que ejercían. Siete u ocho mil monjes con naginatas desfilando por las calles de Kioto podían ser extremadamente persuasivos. El desafío final de Kiyomori (que justifica la traducción española del título) es un gesto sin precedentes que ve el nacimiento de la nueva fuerza política de Japón; el samurái.

Parecerá que he andado por las ramas y no he bajado de ellas explicando y comentando el contexto histórico, pero realmente es de lo que habla Mizoguchi; de un momento político y una transición. Es imprescindible entenderlo para apreciar el gran trabajo del director. Pasando por alto la sobreactuación de Raizo Ichikawa, es un imprescindible monumental del género.

Sleepy Eyes of Death 10: Hell is a Woman (1968)

Hell is a Woman

El paraiso de los ronin
Dirigida por Tokuzo Tanaka

Tokuzo Tanaka, el director que comenzó esta estupenda saga en 1965, regresa a Sleepy Eyes of Death para ofrecernos Hell is a Woman. La décima entrega es un delicioso chambara construido sobre personajes interesantes y coreografías de lujo, con un reparto muy completo que encabezan Raizo Ichikawa, Miwa Takada, Takahiro Tamura, y Yunosuke Ito.

Sinopsis: aprovechando la enfermedad del señor del clan Saeki, sus dos principales vasallos se disputan el poder. Esta intriga causa la muerte de varios inocentes que tienen la mala suerte de estar en el lugar inadecuado en el momento menos oportuno. El propio Nemuri se ve atrapado en el enfrentamiento cuando le pide ayuda la princesa Sayo, hija del incapacitado señor del feudo.

Una vez más encontramos en la saga chambelanes ambiciosos que ponen sus intereses por encima de los de su señor y su clan; son Geki Inada en Edo y Unemenosho Hori en Saeki, protegido el primero por el guardaespaldas Tatsuma y el segundo por el ronin Jinnai. Estos dos espadachines representan una fuerza que se opone a la de Nemuri, pero que no llega a estallar contra él. Es curioso que Tanaka consiga acabar la película sin que el espectador se sienta decepcionado al verse privado de estos duelos casi obligatorios del género. No en vano, lo compensa con creces con varias escenas inolvidables de acción, entre las que destaca la de Nemuri contra los peregrinos, filmada desde una cámara fija que nos permite ver la milimétrica precisión del enfrentamiento como si estuviéramos asistiendo al teatro. No es la única novedad en la técnica, ya que unos minutos después el director se atreve a rodar otro combate con un primer plano que no se aparta de la cara del protagonista.

Hell is a Woman

Hell is a Woman va tan lejos como para tener su propio momento kaidan durante una de las trampas a las que se enfrenta Nemuri, especialmente originales en esta décima entrega. Más adelante veremos otra que parece sacada de un castillo del videojuego Samurai Warriors, y llegando al final hay una más que añade a las serpientes a la triste lista de animales maltratados por el cine clásico japonés.

Investigando como siempre sobre el posible contexto histórico de la trama, no he sido capaz de definir con certeza el lugar de los hechos y la identidad de los personajes. La primera línea de búsqueda, y más evidente, me ha llevado al feudo de Saeki, en la provincia de Bungo. Recordando que la saga se ambientaba en la década de 1840, y cruzando el dato con Nobiliaire du Japon, diríamos que el castillo pertenecía a la familia Mori y que el señor enfermo era Lord Takachika. Sin embargo, sus 20.000 koku están lejos de los 140.000 de la película, y el padre de Sayo (Lord Echigo) quedaría completamente fuera de lugar. Es por ello que en mi segunda búsqueda me he ido al feudo Takada, de 150.000 koku, que al ser el más grande de Echigo justificaría el título de su señor. Estaba bajo control del clan Sakakibara, y, además del estipendio, la distancia a Edo es otro punto a su favor. En la actualidad hay un barrio de Uozu (antiguo Echigo) que se llama Saeki. Tenga o no algo que ver, o sea la trama y sus personajes puramente ficticia, mi intención al aportar esta información es ofrecer al lector un marco probable.

Por todo lo dicho, recomiendo a los aficionados esta cinta de 81 minutos de puro entretenimiento, que comienza con un muestrario de tsubas a ritmo de western durante la introducción y termina con una nevada en un escenario que nos acerca el recuerdo de Sword of Doom.

Silence (1971)

Silence

El pantano
Dirigida por Masahiro Shinoda

En 1971 Silence aka Chinmoku se convirtió en uno de los pocos (quizás el único) jidaigeki protagonizados por un actor occidental, David Lampson. Su personaje se inspira en el misionero Giuseppe Chiara, y proviene de la novela escrita en 1966 por Shusaku Endo. El título, compartido en su versión literaria y cinematográfica, hace referencia al silencio de Dios ante el sufrimiento de sus fieles.

Sinopsis: el padre Sebastião Rodrigues desembarca en Japón, junto a su compañero Francisco Garrpe, con el objetivo de predicar la fe cristiana y descubrir el paradero de su predecesor y maestro Cristóvão Ferreira. A su llegada es testigo del tormento que soportan los kakure kirishitan (cristianos ocultos), forzados a profanar los símbolos religiosos bajo las más cruentas torturas imaginables. El propio padre Rodrigues pasará por el mismo dolor mientras se debate entre el amor a su Dios y el descanso de los creyentes.

El director introduce el argumento con una narración ilustrada mediante pinturas de la época. Inmediatamente después se presentan los dos protagonistas occidentales y el débil Kichiro, un japonés cristiano que recurre a la apostasía cada vez que los oficiales le ponen las manos encima. Irónicamente las recriminaciones del padre Rodrigues se tornan en confusión cuando él mismo encuentra el martirio diferente a como lo había imaginado. Es capaz de soportar las torturas por la fe cristiana, pero se pregunta si es correcto permitir que otros sufran por su decisión de convertirse en mártir. En la obra literaria es Dios quien resuelve sus dudas, pero en la adaptación de Shinoda es una decisión propia.

Silence

La trama se sitúa en el punto álgido de la represión cristiana, poco después de la Rebelión de Shimabara, que tuvo lugar en 1637. El magistrado que idea la famosa tortura del pozo y los agujeros tras la oreja es miembro de la familia Inoue, y por las fechas de las que hablamos se trata de Masashige Inoue, metsuke y señor de Takaoka. Su presencia en Nagasaki se nos puede hacer extraña, puesto que el feudo estaba controlado por el clan Tachibana, al que pertenece el agente que acompaña a Sebastião durante su encarcelamiento. Sin embargo, en su biografía se destacan sus relaciones con la Compañía de las Indias, y dado que el puerto de Nagasaki era oficialmente la ventana de Japón al mundo exterior, entendemos que apenas pusiera un pie en Takaoka a lo largo de su vida.

De lo mejor que vamos a encontrar en Silence es la fotografía. Cuando el padre Rodrigues se oculta de las autoridades tenemos la oportunidad de disfrutar de maravillosos fotogramas en los que le vemos caminar por acantilados, prados y playas. Ese momento de la película es una excepción a la escasa intensidad del color durante la mayor parte del metraje.

El vestuario está bien cuidado y la discreta banda sonora acompaña y refuerza las imágenes. Las actuaciones, por su parte, son bastante buenas en general, pero tendremos que pasar por alto que los invitados americanos no sean capaces de pronunciar sus propios nombres portugueses. El reparto cuenta también con Shima Iwashita y Tetsuro Tamba.

En esta obra de Shinoda no sólo asistiremos a un excelente drama sobre la persecución cristiana del siglo XVII, sino que de los labios de Sebastião, Inoue, y el intérprete, oiremos argumentos a favor y en contra del cristianismo en Japón, en un análisis que pone de manifiesto el miedo a occidente de un país cada vez más recluido. Hace unos años se contaba entre mis cuatro o cinco películas favoritas del cine japonés, y aunque hoy día mi opinión sobre ella ha bajado de las nubes, sigue siendo un jidaigeki que cualquier espectador encontrará interesante.

Shinobi (2005)

Shinobi

Amor imposible
Dirigida por Ten Shimoyama

Puesto que se trata de una película relativamente reciente, y bastante más accesible para el público en general que las que acostumbro a reseñar, me parece de ayuda comenzar el comentario explicando la etimología del título. Shinobi y ninja no sólo significan lo mismo, como casi todo el mundo seguramente se imagina, sino que son pronunciaciones diferentes de una misma palabra. Ninja es la lectura on’yomi sino japonesa y shinobi es la lectura kun’yomi japonesa. El vocablo se refiere también a las mujeres, aunque para ellas existe el término específico kunoichi.

Sinopsis: Gennosuke y Oboro son dos enamorados pertenecientes a clanes tradicionalmente enfrentados, Koga e Iga. La larga paz entre ambos pueblos se ve truncada cuando el Shogun Ieyasu convoca a los cinco mejores guerreros de cada escuela a una lucha a muerte que decidirá a su heredero. La pareja se niega inicialmente a participar, pero la presión de su gente y la responsabilidad del liderazgo les empujan finalmente a una batalla legendaria.

Nueve años después de ver Shinobi por primera vez, tengo que reconocer que no recordaba prácticamente nada de la historia. Es por ello que, sabedor de lo mucho que han cambiado mis intereses cinematográficos en este tiempo, los cinco o diez minutos iniciales parecían dejarme claro que iba a ser una tarde muy larga. Sin embargo, y esto es novedad, la estética anime y la dirección artística acabaron por meterme de lleno en la trama. Durante los últimos compases mis primeras impresiones habían quedado en un espejismo.

Shinobi

Aunque los efectos especiales parecen algo limitados si los comparamos con los de hoy día, la belleza de los escenarios y la riqueza del vestuario se ocupan de distraer nuestra atención. Cada personaje se caracteriza de una forma única e inconfundible, tanto en aspecto como en habilidad. Se presentan diez guerreros shinobi y todos tienen un talento que los hace diferentes. En esto nos recuerda a Kagemaru of the Iga Clan y los siete demonios de Koga que servían a Toyotomi. Es curioso que cuarenta años no hayan favorecido la originalidad, puesto que en aquella obra de Noboru Ono también había un ninja cuyo arma era el veneno, otro que usaba una especie de telarañas, uno que parecía mitad hombre y mitad animal, y uno que lanzaba shuriken.

Las escenas de acción son, como muchos esperan, lo mejor de esta versión japonesa de Romeo y Julieta. No hay coreografías tradicionales con katana, pero la espectacularidad de los movimientos y un uso acertado del factor sorpresa hacen que cada combate resulte interesante. La única pega que se puede poner es que la fantasía tiene tanto peso que puede llegar a pasarse de la raya. Es una pena que tras el enfrentamiento inicial entre Hyoma y los vasallos samurái no haya nada más en este campo capaz de superar el mismo listón.

Todos los intérpretes cierran su participación con una actuación decente, en especial los protagonistas Joe Odagiri y Yukie Nakama. Ellos dos son los responsables de que el drama de los minutos finales haga presa del espectador. Los demás apenas gozan de uno o dos momentos de gloria antes de perder relevancia, a excepción de Kagero y Tenzen, cuya historia tiene algo más de trasfondo.

Termino el comentario participando en la comparación que se hizo entre Azumi y Shinobi cuando se estrenó esta última, y lo hago posicionándome a favor del trabajo de Ten Shimoyama. La película de Ryuhei Kitamura tiene mejores momentos de acción, pero sus personajes son tan débiles que a mi parecer desmoronan la aventura.

Sleepy Eyes of Death 09: A Trail of Traps (1967)

A Trail of Traps

El Dios del infierno
Dirigida por Kazuo Ikehiro

De título original Burai-hikae masho no hada, la novena entrega de la saga la dirige Kazuo Ikehiro, una verdadera garantía a la hora de enfrentarnos a un chambara clásico. Su firma es más que evidente desde la misma introducción, en la que narra el origen de Nemuri sobre un fondo completamente negro. Ese estilo de arranque ya lo había utilizado tres años antes en Zatoichi and the Chest of Gold, aunque aquellas imágenes eran de acción.

Sinopsis: Shurinosuke Asahina recibe el cometido de trasladar una valiosa estatua de oro de la virgen María desde Edo hasta la casa de su nuevo custodio. Sabedor de que un grupo de cristianos intenta castigarle por la persecución que llevó a cabo en el pasado, decide pedir ayuda a Nemuri Kyoshiro, ofreciéndole a cambio incluso la virginidad de su hija Chisa. En principio el ronin se niega, pero su contacto con Asahina es motivo suficiente para ponerle en el punto de mira de los radicales.

El rival de altura de A Trail of Traps se llama Ukon Saegusa y está genialmente interpretado por Mikio Narita. Su caracterización seguramente se basa en Shiro Amakusa, el líder de la revuelta cristiana de Shimabara, y sus propios hombres parecen supervivientes de la masacre. Ahora se encomiendan a un Dios del infierno llamado Giabo.

A Trail of Traps

El Nemuri de esta película se comporta con más desdén que nunca. No le interesa absolutamente nada, y comenta que no desea relacionarse ni con familiares, ni con amistades, ni con mujeres. Destaca su mención al hecho de que estuvo enamorado, y por la forma en que lo dice se diría que lo que pasó justifica su actitud presente. Desde luego motivos no le faltan para despreciar a las mujeres, ya que en la mayoría de sus encuentros acaba esquivando la punta de una espada que atraviesa el suelo. Es una escena que se ha convertido ya en una marca de identidad de la saga, tan representativa como la de los dados en Zatoichi.

Se da por hecho que un chambara de Kazuo Ikehiro va a tener buenas coreografías de acción, pero aún así me han sorprendido. En la escena que seguramente inspira el título internacional, donde el protagonista se ve rodeado de trampas en un bosque, es donde desenvaina por primera vez su wakizashi. En combinación con su katana Masamune, su técnica de combate se convierte en un torrente de velocidad y precisión sin igual. Curiosamente el Corte de Luna Llena brilla por su ausencia hasta el enfrentamiento final, durante el que se realiza dos veces seguidas en continuo movimiento.

El acompañamiento musical estilo western, la excelente fotografía, y el detalle de los escenarios, hacen de A Trail of Traps una entrega de entretenimiento tan buena como su predecesora. Altamente recomendable tanto para los que siguen la saga como para los que no.

When the Last Sword is Drawn (2003)

When the last Sword is Drawn

Tiempo de lobos
Dirigida por Yojiro Takita

También conocida como Mibu Gishi Den, la película de Yojiro Takita recorre los últimos días del Bakumatsu a través del Shinsengumi y de dos personajes interpretados por Kiichi Nakai y Koichi Sato. Si mal no recuerdo fue el primer jidaigeki con el que me encontré, dos años después de su estreno. La visión de la milicia, Hajime Saito, y mi ídolo Soji Okita, resultó ser una combinación que enseguida despertó mi interés por el mundo de los samuráis.

Sinopsis: a principios de la era Meiji, un tal Hajime Saito lleva al médico a su hija. En la consulta descubre una fotografía de Kanichiro Yoshimura, el hombre al que odió durante mucho tiempo en los días en que ambos pertenecían al Shinsengumi. El doctor le contará la parte de la historia que no conocía, y juntos nos ayudarán a entender los motivos del peculiar Yoshimura.

Lo primero que salta a la vista es el contraste entre la era Meiji y el periodo Edo. En cuestión de diez años el país sufrió un cambio radical en el que desapareció la clase social que lo había dominado desde hacía casi un milenio. En los propios recuerdos de los protagonistas vemos cómo el peinado, el vestuario, y la actitud, les convierten personas completamente diferentes de las que eran. De hecho, Hajime Saito cambió su nombre por Goro Fujita, abandonando lo único que le quedaba del Bakumatsu.

When the Last Sword is Drawn se estrenó el mismo año de Twilight Samurai, y comparte con ella la exageración del drama en forma de pobreza extrema. La interpretación de Kiichi Nakai (Yoshimura) me ha parecido buena, pero hay que reconocer que sus monólogos van quizás demasiado lejos. Es un hombre que vive por y para su familia, y que pese a dar la imagen de falso samurái al que sólo le interesa el dinero, no se guarda nada para sí. Esto es algo que evidencia el tsuka-ito (encordadura del mango) de su katana. Vemos que le faltan secciones completas y que está hecho de remiendos de tela, no de seda, cuero, o algodón.

When the last Sword is Drawn

A nivel de fidelidad histórica hay detalles que me han gustado, en especial el que Saito sea zurdo, que hasta juega un papel en la trama. Parece algo insignificante, pero en el antiguo Japón ser diestro era casi tan frecuente como tener cinco dedos en cada mano, ya que a los chicos que daban demasiado uso a la izquierda se la ataban para forzarles a utilizar la derecha. Por su parte, Okita, Kondo, Nagakura, e Hijikata, están bastante bien caracterizados, dejando la única falla importante para el uniforme del Shinsengumi. De color negro y rojo, queda lejos del azul con montañas blancas o el amarillo alternativo que hemos visto en alguna ocasión.

Las coreografías de combate están muy conseguidas. Las katanas se desplazan a gran velocidad y golpean unas a otras con una fuerza endiablada. En la práctica, chocar una espada filo contra filo era prácticamente dar la hoja por perdida, pero en el cine se agradece en beneficio del espectáculo. Ikeda-ya también está aceptablemente representada, aunque el ratio de conspiradores y asaltantes (como mínimo 4:1) no refleja la realidad (1:1, o casi 2:1 si aceptamos que los Shinsengumi que esperaban fuera no llegaron a entrar en combate). Efectivamente fue en la famosa posada donde Okita tuvo sus primeros síntomas de la tuberculosis que le llevaría a la tumba.

Aunque la película sigue ocupando un lugar privilegiado en mi memoria, no es la obra maestra que en su momento pudo parecerme. Es una cinta emotiva ambientada en uno de los momentos más interesantes de la historia de Japón, cuando muchos de los últimos samuráis murieron siguiendo el código que les rigió durante cientos de años. La confirmo como un imprescindible del género y una invitación a los profanos para que conozcan la magia de aquella época.

Mysteries of Edo (1956)

Mysteries of Edo Sobre la pista
Dirigida por Shoji Matsumura

Esta película de Shoji Matsumura demuestra la poca fiabilidad de las grandes bases de datos de Internet en lo que a cine clásico japonés se refiere. Mysteries of Edo no figura en la filmografía de Hibari Misora ni en Imdb ni en Wikipedia. Ha sido por lo tanto una sorpresa para mí encontrarme este DVD con una aventura de Detective Hibari que estaba fuera de mi radar. El descubrimiento además tambalea los pilares de la conocida trilogía de 1958-1959, ya que al existir al menos una entrega anterior estaríamos hablando de una saga.

Para recomponer la historia de Oshichi tenemos que remontarnos a 1953, cuando apareció en pantalla por primera vez en Song Festival Across Tokyo. En 1956 se estrenó Mysteries of Edo, cuyo epílogo acabó dando lugar a una continuación al año siguiente. Tras ellas vino la famosa trilogía, iniciada por Tadashi Sawashima en 1958 con Case of the Golden Hairpins y supuestamente concluida por Kokichi Uchide en 1959 con Hidden Coin. Sin embargo, existe una desconocida cuarta entrega dirigida por Eiichi Kudo, que aunque no tiene subtítulos en inglés puede adquirirse en formato VHS en Amazon. Desconozco los motivos que llevaron a Toei a diferenciar las cuatro últimas, pero los títulos y las carátulas no dejan lugar a dudas.

Mysteries of Edo

Sinopsis: después de que varias mujeres hayan desaparecido en la ciudad de Edo, la joven Oshichi decide incorporarse a la investigación como apoyo del inspector Gorohachi. No tardarán en encontrarse con el obstáculo de unos traficantes de esclavos, que además se saltan la prohibición del Shogunato de llevar extranjeros a los burdeles. Cuando el peligro acecha, un misterioso encapuchado aparece para proteger a la dama en apuros.

El director no solo nos ofrece la aventura detectivesca de Oshichi y Gorohachi, sino que además introduce un héroe enmascarado a la manera de Murasaki Zukin (The Purple Hood) y Kurozukin (The Black Hood). Como tantas otras mujeres en la historia del cine, desde Lois Lane hasta Mary Jane Watson, nuestra protagonista no es capaz de resistirse al encanto del hombre sin rostro que la defiende siempre de sus enemigos. No en vano, Hashizo Okawa maneja la katana a la velocidad de la luz en coreografías tan elaboradas como poco realistas.

Las valoraciones de este tipo de cintas de Hibari Misora siempre son iguales. Se trata de una aventura tan dinámica y desenfadada que difícilmente podría aburrir a nadie. En esta ocasión la presencia musical se ve reducida, pero a cambio tendremos a la mítica actriz empuñando un jitte con gran habilidad. Quien disfrutara de la trilogía conocida quedará también satisfecho con el trabajo de Matsumura.