Samurai Banners (1969)

Samurai Banners

El estratega
Dirigida por Hiroshi Inagaki

En 1969 Hiroshi Inagaki reunió un reparto de lujo para rodar Samurai Banners, basada en la novela de 1959 de Yasushi Inoue titulada Samurai Banner of Furin Kazan. Para muchos se trata de una de las obras maestras del jidaigeki, a menudo comparada con películas de la talla de Ran y Kagemusha. En 2007 la serie Furin Kazan de la NHK contribuyó a popularizarla entre el público occidental, puesto que comparte con ella el título original y la historia que narra. En el plantel de actores destacan los nombres de Toshiro Mifune, Kinnosuke Nakamura, Ken Ogata, y Takashi Shimura.

Samurai Banners se ambienta en el siglo XVI y cubre un periodo de veinte años entre 1541 y 1561. La figura central es Kansuke Yamamoto (Toshiro Mifune), uno de los 24 generales que formaban parte del consejo de guerra de Shingen Takeda (Kinnosuke Nakamura). La trama comienza con su entrada en el clan al servicio de Nobukata Itagaki, y termina con su desafortunada intervención en la cuarta Batalla de Kawanakajima.

El acercamiento del director a la vida de Shingen es bastante más fiel a la realidad que el que nos ofreció Sadao Nakajima en Takeda Shingen. Seguramente por el mero hecho de que el legendario daimyo no es el protagonista, Inagaki se permite reconocer uno de los pasajes más oscuros de su biografía; la relación que mantuvo con su sobrina y que fructificó en el nacimiento de Katsuyori. Podría haber ido tan lejos como para incluir su romance homosexual con el general Danjo Masanobu, pero ya estamos acostumbrados a que el cine japonés evite este tipo de referencias.

Samurai Banners

La narración es extremadamente precisa en cuanto a fidelidad histórica. A diferencia de la mencionada cinta de Nakajima, se nos explica por ejemplo el motivo por el que el clan Takeda siempre se relaciona con el rojo. Los soldados de Itagaki vestían armaduras lacadas en ese color, y, puesto que habitualmente formaban parte de la vanguardia, era la tropa más representativa del ejército. Unos años después la práctica sería adoptada también por Ii Naomasa y sus diablos rojos al frente del contingente Tokugawa.

Excepto por la primera Batalla de Kawanakajima, el resto se ajusta bastante a lo que nos cuentan las crónicas. El propio historiador Stephen Turnbull elogia el trabajo de Inagaki traduciendo en imágenes el desarrollo de la cuarta contienda. A pesar de que el resultado pueda parecer una victoria Takeda, se suele conceder que fue más bien un empate, ya ninguno de los dos daimyo cumplió su objetivo. Kenshin estuvo a punto de lograrlo, pero Shingen salvó el día con la llegada de Danjo Masanobu, el verdadero líder del contraataque. El texto sobre impresionado de la película habla de 13.000 soldados Uesugi contra 18.000 Takeda. La realidad es que Kenshin dejó a 2.000 hombres a cargo de las provisiones y Shingen contaba con un total de 20.000, por lo que el ratio de la batalla fue de casi 2:1.

La única pega que le he encontrado a esta maravillosa combinación de habilidad narrativa, fotografía, soberbia banda sonora, y estupendo guión, es la debilidad de los primeros planos en las escenas de acción. Los protagonistas a caballo aparecen completamente parados, intentando acertar sin demasiado entusiasmo a los enemigos que les rodean y rompiendo así el ritmo del combate. Ignorando ese detalle, en Samurai Banners encontraremos una de las mejores representaciones del periodo Sengoku.

Kwaidan (1964)

Kwaidan

De la leyenda al cine
Dirigida por Masaki Kobayashi

También conocida como Kaidan, es probablemente la película más famosa del jidaigeki de fantasmas, y sin duda una de las mejores. La dirigió Masaki Kobayashi basándose en cuatro historias del escritor Lafcadio Hearn, alcanzando una duración total de 184 minutos en la edición uncut. Rentaro Mikuni, Tatsuya Nakadai, Takeshi Shimura, y Kanemon Nakamura, figuran entre otros nombres en este reparto de lujo que da vida a diferentes personajes del folclore japonés.

El primer episodio se titula Black Hair, y trata de un samurái (Rentaro Mikuni) que abandona a su esposa (Michiyo Aratama) para casarse con una noble y huir de la pobreza. Tras vivir un tiempo con su nueva mujer, comienza a echar de menos a la que dejó atrás. Consumido por el remordimiento, decide volver a su vieja casa para encontrarse con algo que no esperaba.
Basada en The Reconciliation, es una muy acertada elección por parte de Kobayashi para abrir su película. Hasta los últimos cinco minutos el relato no tiene nada ni de fantástico, ni de terror. La lentitud aplastante de las escenas te arrastra poco a poco a la realidad de Kwaidan para golpearte sin piedad con su terrorífico final.

Kwaidan

El segundo episodio se titula The Woman of the Snow, y cuenta la historia de dos leñadores que se ven obligados a pasar la noche en una cabaña durante una terrible nevada. Mientras duermen, se les aparece una mujer de piel blanca (Keiko Kishi) que mata al anciano y perdona al joven (Tatsuya Nakadai) a cambio de que jamás cuente lo sucedido a nadie. El muchacho continúa con su vida y conoce a la hermosa Yuki, con la que se casa y acaba por romper su promesa.
Basada en Yuki-Onna, inspiró cuatro años más tarde a Tokuzo Tanaka para maravillarnos con Ghost Story of the Snow Witch, que amplía el relato hasta los 85 minutos cambiando pequeños detalles. El terror de Black Hair deja paso al drama de la mujer de nieve, un fantasma enamorado de un mortal, que construye una vida terrenal sobre la promesa de su amado. Los decorados surrealistas elevan la fantasía de Kwaidan al siguiente nivel.

El tercer relato se titula Hoichi the Earless, y cubre la leyenda popular del juglar ciego Hoichi (Katsuo Nakamura), al que un fantasma (Tetsuro Tamba) acude a recoger noche tras noche para que interprete el Heike Monogatari ante la corte del clan Taira. Cuando el sacerdote del templo (Takashi Shimura) se percata de sus salidas nocturnas, ordena que le escriban un texto sagrado por todo el cuerpo como protección.
Este segmento es el más largo de los cuatro, extendiéndose hasta los 60 minutos. Incluye una representación semi-teatral de la Batalla de Dan-no-Ura, en la que el clan Taira quedó destruido. Seguramente sea uno de los acontecimientos más decisivos de la historia de Japón, y pese a ello no la he visto llevada al cine ni antes ni después de Kobayashi. Lo mismo puedo decir de la historia de Hoichi, cuyo desenlace podría considerarse el clímax de Kwaidan.

Kwaidan

El cuarto relato se titula In a Cup of Tea, y muestra la desesperación de un samurai (Kanemon Nakamura) incapaz de beber porque ve una cara en su copa cada vez que se la lleva a los labios. Finalmente decide ignorar al hombre de la imagen, pero tendrá que enfrentarse a las consecuencias de tragarse un alma humana.
La última historia dura apenas 20 minutos y se desarrolla a toda velocidad. Cambia la mágica atmósfera del Periodo Heian por la formalidad del Periodo Edo, aunque la breve introducción tiene lugar durante la Era Meiji. El final abierto que anticipaba el narrador es fiel a la idea de “terror sin fin” de la que hizo gala Hitchcock un año antes en The Birds.

Si tenéis la ocasión de elegir entre la edición de Criterion y la de Eureka, recomiendo la segunda. Sirva de garantía que sumando este título a Silence y Onibaba, es la tercera vez que tomo la misma decisión sin lamentarlo. En Kwaidan encontraréis cuatro leyendas populares inconexas que pueden servir tanto para iniciarse al género como para descubrir su máxima expresión.

The Bride from Hell (1968)

The Bride from Hell

Los que no vuelven
Dirigida por Satsuo Yamamoto

The Bride from Hell llega a nosotros casi cuatro años después de Ghost Story of the Snow Witch, otro kaidan del gran año 1968. La dirige Satsuo Yamamoto, al que muchos conocerán por los inicios de la saga Shinobi no Mono, y participan en ella Kojiro Hongo (como Shinzaburo), Ko Nishimura (como Banzo), Miyoko Akada (como Otsuyu), y Takashi Shimura (como sacerdote local).

Sinopsis: Shinzaburo es un samurái al que su familia repudia por negarse a contraer matrimonio con la viuda de su hermano. Durante el Festival de Obon conoce a dos mujeres, Otsuyu y Oyone, que se presentan en su casa sorprendidas por su buen corazón. Los sentimientos de Otsuyu no tardan en despertar, y acaba por acostarse con Shinzaburo. A la mañana siguiente, un vecino llamado Banzo se entera de que las mujeres son fantasmas y pide ayuda al sacerdote.

La historia tiene lugar durante el Festival de Obon, en el que los espíritus de los muertos vuelven al mundo durante tres días para visitar los altares de sus familiares. Se celebra en fechas diferentes según la localización, pero en la mayoría de casos comienza el 13 de Agosto (que curiosamente es hoy) y termina el 16 con la partida de los espíritus. En otras zonas de Japón establecen la fecha según el calendario solar y la sitúan a mediados de Julio.

The Bride from Hell

Sin duda los personajes más interesantes, por razones obvias, son Otsuyu y Oyone. Su belleza y buenos modales enamoran al pobre Shinzaburo, que no puede controlar el deseo de acostarse con Otsuyu noche tras noche. Al igual que en la novela Drácula de Bram Stocker, los vecinos y el sacerdote (nuestro Van Helsing) son incapaces de cerrar el paso a los fantasmas, que cada día roban un pedazo del alma de Shinzaburo. Por más que lo intentan, siempre hay algo que falla en su plan, y cada error acerca a su protegido un paso hacia el inframundo.

En ningún momento estamos seguros de la verdadera naturaleza del fantasma de Otsuyu. Nos preguntamos si es un demonio malvado que quiere consumir al protagonista, o si por el contrario es una desdichada que busca una segunda oportunidad en el amor. Esa incertidumbre motiva las dudas en cuanto a si asistiremos a un final dramático o terrorífico. No desvelo nada si afirmo que es simplemente excepcional.

Antes de concluir el comentario, quiero añadir que la película se conoce por varios títulos además del que he elegido, siendo el más popular de ellos The Peony Lantern (traducción literal de Botan Doro). Comoquiera que la llamemos, estamos ante una obra imprescindible del género, que da vida a una historia tan famosa como la de Yotsuya Kaidan, pero mucho más siniestra.

Sword for Hire (1952)

Sword for Hire

Tiempos de guerra
Dirigida por Hiroshi Inagaki

De Hiroshi Inagaki apenas nos ha llegado nada anterior a la trilogía Samurai (1954-56), la dupla Osaka Castle Story (1961) / Whirlwind (1964), y la gran Chushingura (1962), pero la obra que hoy reseño tiene el honor de pertenecer a aquella época; Sword for Hire aka Sengoku Burai, de 1952. A priori destaca por el director, por la colaboración de Akira Kurosawa en el guión, y por el protagonismo de Toshiro Mifune. En esta ocasión Inagaki retrocede aún más en el tiempo para ambientar la historia en el periodo Sengoku, y más concretamente en los primeros años de la era Tensho (1573 en adelante). Seguro que a todos nos suenan los nombres de Shingen Takeda, Nobunaga Oda, Mitsuhide Akechi y compañía.

Comienza con tres samuráis atrapados en la defensa del Castillo de Otani durante los instantes previos a su caída. Cada uno tiene una visión del honor y la vida completamente diferente, pero de forma más o menos honrosa consiguen sobrevivir a la batalla. Desde ese instante sus caminos toman rumbos separados, haciéndoles pasar por todo tipo de situaciones y dificultades hasta que finalmente convergen en el reencuentro que el destino les ha preparado.

Sword for Hire

La película guarda bastantes similitudes con Whirlwind en cuanto a que ambas muestran las diferentes formas que tiene el hombre de hacer frente a una situación de vida o muerte, y las decisiones posteriores una vez ha conseguido sobrevivir. Además, dejan que el amor tome peso en el desarrollo de la trama, con mujeres y hombres atados sentimentalmente a personas que no les corresponden.

Sword for Hire avanza con rapidez, recorriendo las batallas y eventos más importantes del Japón de aquellos años, cruzando las historias de los personajes principales, y pasando por un camino repleto de ironías y giros del destino. La acción, aunque muy presente, queda en un segundo plano para dejar sitio a un sutil drama que se va agudizando conforme nos acercamos al final. Todo ello secundado por una poderosa banda sonora con poco que envidiar a las superproducciones épicas contemporáneas de la talla de Ben-Hur o Quo Vadis.

En definitiva, cada vez que aparece un título nuevo al que no teníamos acceso nos damos cuenta de lo afortunados que somos, ya que para nosotros directores como Hiroshi Inagaki seguirán siendo inmortales mientras queden películas en su filmografía esperando a ser descubiertas. En este caso se trata de un interesante jidai-geki, obra de uno de los mejores autores del género, que ningún aficionado al cine debería dejar pasar.

Zatoichi 18: Zatoichi and the Fugitives (1968)

Zatoichi and the Fugitives

Yakuzas y bandidos
Dirigida por Kimiyoshi Yasuda

La cuarta película de Kimiyoshi Yasuda en la saga Zatoichi también se conoce como Zatoichi: A Letter of Challenge y Zatoichi 18. Termina con un balance bastante positivo, y la sacan adelante un grupo de actores secundarios entre los que destaca el inmortal Takashi Shimura, que tantos grandes momentos nos ha dejado en este género.

Sinopsis: Zatoichi continúa su interminable viaje que le lleva a pasar por una pequeña aldea en la que enseguida se arma alboroto. Sin casi darse cuenta, se encuentra trasladando a toda velocidad a un hombre moribundo, atacado brutalmente por la yakuza, hacia la casa del médico local. Sorprendido por la bondad del anciano doctor Junan, Zatoichi decide tomar parte en los sangrientos sucesos que están teniendo lugar desde la llegada de unos forajidos a los que hospeda el jefe Matsugoro.

En esta película nuestro protagonista se enfrenta a una de las situaciones más complicadas de toda la serie. Sus rivales son la horda de yakuzas de siempre y seis fugitivos que le causan un verdadero quebradero de cabeza. Cada uno de estos hombres destaca en campo diferente del combate (uno lanza cuchillos, otro tiene un revolver, otro es bueno en esgrima…), y entre todos consiguen acercar al masajista a la muerte como nunca antes había sucedido.

Zatoichi and the Fugitives

Kimiyoshi Yasuda toma una decisión radical al separar al espadachín de toda escena de acción hasta llegar al final. Desde casi el inicio vamos aumentando poco a poco el odio que sentimos por los villanos de la trama, que posiblemente sean los más despreciables que han aparecido en toda la colección. Para cuando llegamos a la hora de metraje nuestro medidor de rabia está tan lleno como el de Zatoichi, así que no nos cuesta contagiamos de la agresividad insólita con la que resuelve esas últimas coreografías.

Una banda sonora aceptable, buena fotografía, guión interesante, y acertados toques esporádicos de drama, son los elementos que hacen de Zatoichi and the Fugitives otra entrega de buena factura. Con ella confirmamos que, por más que avanzamos en la saga, el nivel general se mantiene e incluso mejora de vez en cuando.

Throne of Blood (1957)

Throne of Blood

En las redes del destino
Dirigida por Akira Kurosawa

Tres años después de su obra maestra, Seven Samurai, Akira Kurosawa volvió a deleitarnos con una de las mejores adaptaciones de la literatura jamás hechas en la historia del cine. En la versión doblada que llegó a Estados Unidos su título era Macbeth, algo que la situaba como una más de las docenas de obras que se hicieron con ese nombre. Sin embargo, el título internacional se tomó de la versión subtitulada, Throne of Blood, que al menos servía de identificativo para hacer justicia a esta obra de arte, que no solo llevó la tragedia de Shakespeare a la pantalla con suma delicadeza y cuidado, sino que además la introdujo en el mundo de los samuráis.

Sinopsis: Washizu y Miki regresan después de una victoria militar contra los sublevados. Por el camino entran en un tétrico bosque donde se encuentran con un espíritu que predice el destino de cada uno, erigiendo a Washizu como señor de la Mansión del Norte y más tarde del Castillo de las Telarañas, y a Miki como comandante del primer fuerte y como padre del sucesor de Washizu. No le hacen demasiado caso, y lo toman a broma hasta que su primera predicción se cumple.

Resulta macabro e impactante ver como una simple profecía lleva a un hombre a su autodestrucción. Movido por la ambición de su mujer y el temor a su destino, Washizu se va consumiendo cada vez más en su locura. Durante toda la película vemos como cada una de sus acciones es un paso más que le acerca a la perdición. Su esposa Asaji se convierte en títere del espíritu, llenando los oídos de su marido con palabras envenenadas que le nublan el entendimiento y alimentan los deseos ocultos de su corazón.

Mientras que películas de época como Ran, The 47 Ronin, o Seven Samurai, consiguen atraparte y trasladarte en el tiempo a través de su duración (todas ellas rondando las cuatro horas), Throne of Blood es capaz de hacer lo mismo en la mitad de tiempo. Y es que se desarrolla con una lentitud aplastante, embriagándonos con interminables escenas como la de Washizu y Miki cabalgando perdidos entre la niebla. Poco a poco el espectador queda también atrapado en las telarañas del bosque y de Kurosawa, para terminar el film como despertando de un sueño neblinoso.

Throne of Blood

La actuación de Toshiro Mifune perfectamente podría ser la mejor que hizo nunca. Por primera vez tiene un papel que no limita su exceso de expresividad, en ocasiones cercano a la sobreactuación, sino que se lo exige y lo potencia. Es una representación cien por cien teatral. Todas sus frases son exclamaciones, cada movimiento se exagera al máximo, piernas arqueadas dando pasos de marioneta, los ojos abiertos como platos. En todo momento secundado por Isuzu Yamada en el papel de Asaji, pintada como una muñeca de bunraku, inexpresiva, deslizándose por los escenarios como el ciempiés que forma el emblema de su marido.

La música es siempre de flauta, con notas tan estridentes que parecen desafinar. El vestuario se hace imposible de pasar por alto, tanto en las perfectas armaduras de samurái que lleva cada uno de los cientos de extras que participan, como en los diversos señores y comandantes que aparecen. Los escenarios son casi todos muy amplios y con paredes vacías, contribuyendo a crear ese ambiente tétrico y de soledad absoluta en el que se va quedando nuestro protagonista.

Throne of Blood es una obra maestra, mi película favorita de todos los tiempos, y para algunos el mejor Shakespeare en pantalla.

They Who Step on Tiger’s Tail (1945)

They Who Step on Tiger’s Tail

Relato de una huída
Dirigida por Akira Kurosawa

Resulta difícil encontrar mejor material para invertir una hora de nuestro tiempo en cine. La película no es ninguna maravilla, ni tiene un argumento excepcional, pero el maestro Kurosawa nos da, en su primer jidai-geki, una muestra de su talento inigualable para narrar historias de aventuras.

La introducción se hace en forma de texto sobre un fondo negro. Nos presenta brevemente a los personajes principales, nos sitúa en el contexto histórico, y además nos explica el origen de tan curioso título. Lo que muchos no sabrán es que el papel de fugitivo no recae sobre una figura al azar de las páginas de historia japonesa, sino que se trata ni más ni menos que de Yoshitsune Minamoto, el grandioso general que vivió en tiempos de guerra entre los clanes Taira y Minamoto. En la película no se habla de su excelencia como comandante, sino que el único detalle descriptivo que se menciona (en boca del porteador) es su pobre físico y su aspecto frágil. Ahí es donde renace la leyenda de David y Goliath, cuando se enfrentó y venció al monje gigante Benkei para luego aceptarle en su séquito.

They Who Step on Tiger’s Tail

They Who Step on Tiger’s Tail (también llamada The Men Who Tread on the Tiger’s Tail) es una exhibición de astucia por parte de Denjiro Okochi, precisamente en el papel de Benkei, capaz de salir airoso de cualquier situación sin recurrir a la violencia. Llama la atención la presencia a sus espaldas del conocido actor Takashi Shimura, que pocos años después imitaría en Seven Samurai los métodos y la caracterización del monje.

La banda sonora fue lo que más me impactó la primera vez que la vi. En algunos momentos hace las veces de narrador, convirtiendo la transición de escenas en un pequeño musical de coros. Sirve así a su propósito de redondear este bien cuidado trabajo del mejor director de todos los tiempos. Si te gustan sus obras de jidai-geki, por fuerza te interesa ver cómo fueron sus inicios.